Jennifer Maestre. Nature, Culture and Delicate Monsters

Lo monstruoso no nace en la distinción radical entre la naturaleza y la cultura. No es algo propio de aquello que está más allá de lo humano, ni le pertenece tan sólo a él mismo. Se crea en la proyección humana de lo que procede de lo natural, incluso de lo que procede del mismo ser humano dentro de su naturaleza. Allí donde existe lo desconocido, lo innombrable, lo que no es aprehensible por los conceptos de una persona en términos de pertenencia, se dibuja el concepto a través de una forma desconocida que adquiere el rostro del monstruo. El monstruo, sin embargo, no tiene por qué adquirir el trazo terrorífico, aquel que nos asusta por poseer el horror, sino que en ocasiones se configura desde su carácter de belleza o de sublime (lo que nos atrae y nos asusta a un tiempo). Es entonces cuando nace el Delicate Monster.
Jennifer Maestre ha sabido captar estos conceptos a través de sus obras. Esculturas hechas de lápices, creación del ser humano y tan coloridos como punzantes a un tiempo, representan formas que en ocasiones tienen que ver con la naturaleza, que en otras perteneen a la imaginada forma natural de la proyección de lo monstruoso, pero que siempre adquieren ese tono de atracción, quizás ternura, que caracteriza al monstruo delicado. Observar pero no tocar ante el peligro, u observar tocando, e incluso en la sensación de dolor en el punzamiento puede uno captar qué significan sus Delicate Monsters.
El mito del hombre salvaje en el Barroco: una lectura antropológica de "La vida es sueño" de Calderón. Joan B. Llinares
Valencia y Sagunt, 12-13 de marzo de 2007
En Prensa, Francesco De Martino y Carmen Morenilla (coords.), Sagunt 2007, Bari, Levante Editori, Col Le Rane
Se ha dicho que a partir de la celebración del tercer centenario de la muerte de Calderón, en 1981, una joven generación de hispanistas se dispuso a construir una nueva tradición crítica en la que influía no sólo el análisis filológico, como había sido habitual, sino también la concepción interdisciplinar –filosófica, sociohistórica, antropológica– de los estudios teatrales. En diálogo con esa aproximación innovadora de nuestros colegas de lengua y literatura se inserta el presente ensayo, que desea hacerse eco de algunos hallazgos de tales colaboraciones, interpretando La vida es sueño desde esta cuestión vertebral en el discurso de la antropología filosófica que atiende a la conflictiva constitución de identidades y diferencias en la cambiante realidad sociohistórica de los seres humanos.
Si nos preparamos para el estudio de la particular mutación del mito del hombre salvaje que tiene lugar en la citada obra de Calderón, veremos que ese mito manifiesta una continuidad a lo largo de los siglos, una larga diacronía, y a la vez una serie de cambios y variaciones que lo transforman. Surgen entonces unos cuantos problemas metodológicos a considerar: A) la definición del objeto de la investigación, la demarcación de dicho mito, tarea en la que conviene implicarse aunque sea de manera indirecta, en parte para que sea posible su investigación, sin condicionarla en exceso, y en parte por lo siguiente: B) la presencia compleja y extratextual de este mito occidental, que se halla en fuentes literarias, narrativas y dramáticas, tanto cultas como folklóricas, pero también en la iconografía, en las artes plásticas y figurativas, y, por descontado, en rituales festivos religiosos, cortesanos y populares. Dicho mito tiene relevancia extraliteraria, subsiste en un contexto cultural muy diverso y plural. C) La enorme diacronía a través de la cual perdura y se modifica, desde la época arcaica de las épicas mesopotámica (Enkidu en el poema de Gilgamesh), hebrea (Caín, Esaú, Job, Nabuconosor) y homérica (los cíclopes, los gigantes y un amplio etcétera que incluye a lotófagos y sirenas) hasta nuestros días, si bien aquí nos limitaremos a su persistencia en y hasta el siglo XVII. D) Los cortes que hay que hacer en esa diacronía para detectar las mutaciones del mito y para profundizar en su análisis, es decir, los momentos de sincronía que merecen atención porque en ellos se hace más explícita la dialéctica entre tradición e innovación, con refuncionalización y nueva hibridación de los mitemas o componentes del mito. Y E) los enfoques o perspectivas con los que interpretar el mito y sus variaciones, ya que desde hace más de un siglo seguimos usando sobre todo estas tres: I) la evolucionista clásica, que atiende al desarrollo del mito a partir de una fuente primigenia; II) la difusionista, que indica que el mito se difunde en la medida de su aptitud para propagarse y poder sobrevivir, de su habilidad artístico-cultural para persistir; y III) la estructuralista –una de sus variantes es el psicoanálisis, sea en su vertiente freudiana, o en la jungiana, o bien, por ejemplo, en la lacaniana–, que insiste en la identidad estructural del espíritu humano, en la constancia tanto de la fantasía como de los problemas o contradicciones fundamentales de los seres humanos, a saber: caos-orden, muerte-vida, enfermedad-salud, ignorancia-sabiduría, vicio-virtud, tiempo-eternidad, microcosmos-macrocosmos, feminidad-masculinidad, esclavitud-libertad, hostilidad-amistad, niñez-madurez, etcétera.
Nuestro objetivo en esta ocasión es analizar qué sucede “cuando el mito cae en manos de Calderón”7, qué dimensiones adquiere en su obra. Para ello podríamos aplicar un tratamiento historicista, el que brinda la historia de las ideas, la histoire événementielle, o bien la ya citada perspectiva estructuralista. Puestos en la primera tesitura, no hay que perder de vista que las ideas son expresiones de amplias redes culturales. Por ejemplo, se ha interpretado el mito del salvaje como una expresión ideológica de la historia, la del primitivismo, naturalismo o exotismo, como si fuera el precipitado o la condensación de su primera fase. O bien, desde la segunda prespectiva, se lo ha visto como el gesto inmanente de una polaridad estructural, la que opone naturaleza a cultura, salvajismo a civilización, desorden a ley, determinismo a libertad, pasión a razón, animalidad a humanidad, profanidad a sacralidad, etcétera. A su vez, ha habido diferentes interpretaciones del primitivismo: la de un primitivismo blando (gozosa vida sin penurias, alegre y despreocupada), duro (vida sobria, al límite de la subsistencia, muy pobre y laboriosa), visto en sentido cronológico (vida primigenia, inicial, originaria, elemental, verdaderamente primitiva), en sentido cultural (vida sin técnicas ni artificios, espontánea y sencilla, dedicada a la caza y la recolección), etcétera. Generalmente, en la primera perspectiva se insiste en el inicio feliz y se posponen las facetas malignas, peligrosas, agresivas o destructoras del mito del salvaje, su rústica grosería y su lamentable vulgaridad, que han de ser superadas y de las que hay que liberarse. Por el contrario, el enfoque estructuralista es una visión demasiado estática que no da razón de los cambios que sufre el mito a lo largo de la historia, o bien los juzga como meramente superficiales, y supone, además, que se heredan los caracteres secundarios, como diría un lamarckiano. De ahí la necesidad y la conveniencia de una perspectiva neoevolucionista. Este enfoque ha de centrar la atención en aquellos momentos de transición en los que se operan mutaciones sintomáticas tanto en la composición del mito como en su función en el seno de la textura cultural que lo abarca. Y eso sucede, de forma muy clara, por ejemplo, en el Renacimiento y en el Barroco, como comprobaremos8.
¿Qué significación ideológica tiene este tema del salvaje en la Comedia del Siglo de Oro? “¿Es posible que este personaje que por definición pertenece a “otro” mundo, extraño y a menudo hostil al mundo civilizado, del que desconoce las normas, nos sirva también para proponer un enfrentamiento entre la “alteridad” y la “norma”? Y, ¿con qué resultados?” Ahora bien, el salvaje no es el único personaje teatral que propone este enfrentamiento, también lo hacen el bárbaro, el indígena de tierras recién descubiertas y todavía no sometidas, aunque como tema “el salvaje no es homologable al bárbaro sino a otros tipos de personajes”, piénsese, por ejemplo, en los delincuentes y bandidos. Habría que tener en cuenta estas preguntas a la hora de abordar los problemas del poder en La vida es sueño, aunque nosotros no establezcamos comparaciones con otras obras y otros autores, como sería pertinente en una investigación de conjunto.

El salvaje, como la etimología de su nombre indica, selvaggio, es el que habita en la selva, en los bosques, en aquella porción de la naturaleza que no está cultivada ni edificada, sino que es territorio de caza, de plantas y frutos silvestres, de cuevas, fuentes, peñas, precipicios, montañas y altas sierras de difícil acceso y travesía. Este humano que vive lejos de las ciudades y muy cerca de las guaridas de las bestias tiene largas barbas, va desnudo, con el cuerpo cubierto de abundante vello o revestido a lo sumo de simples pieles, armado con un garrote, maza o bastón. En alguna ocasión, en tales parajes inhóspitos aparece también la figura de la mujer salvaje, dotada de similares características, desnuda o con algunas pieles, de gran cabellera enmarañada, y exageradamente velluda, excepto en muy pocas porciones de su cuerpo, como la cara, los codos, las rodillas, los pechos, las manos y las plantas de los pies.

Andrea Riccio, Pareja
Aunque se lo quisiera ignorar, hay muchas fábulas, leyendas y cuentos, hay novelas y comedias que hablan una y otra vez de este misterioso personaje, que también sale en rituales festivos y aparece mil veces representado en escenarios, miniaturas y libros de horas, en monedas, grabados y cuadros, en estuches, escudos y tapices, en esculturas y bajorrelieves de escaleras, fachadas y fuentes públicas. La documentación plástica que de él poseemos es abundante, diversa y enigmática. En tales creaciones se esconde un secreto, un sentido oculto, un mensaje cifrado, que deseamos comprender. La cuestión nos concierne en particular porque este mito está ligado a la historia del teatro occidental, recordemos brevemente una de sus huellas: en el diálogo platónico que lleva el nombre del sofista Protágoras, éste, en determinado momento de su ceñida conversación con Sócrates, le dice: “También ahora, el hombre que más injusto pueda parecerte de cuantos viven en una sociedad regida por leyes sería, con todo, justo y un profesional de esta materia, si se le comparase con gentes que no tuviesen ni educación ni tribunales de justicia ni leyes ni coacción alguna que les obligase a cultivar la virtud, siendo así una especie de salvajes [ágrioi] como los que el año pasado nos presentaba el poeta Ferécrates en las fiestas Leneas. Si, de repente, te vieras en medio de estas gentes, como los misántropos en aquel coro, desearías encontrarte con Euribato y Frinondas [dos malhechores famosos] y echarías de menos con nostalgia la maldad de las gentes de aquí.” 16
Esta comedia de Ferécrates, Los salvajes [Agrioi], que se estrenó el año 420 a. C., relata la historia de dos misántropos atenienses que huyen de la corrupción ciudadana y se refugian en una región incivilizada en busca de formas de existencia salvaje despojadas de la maldad de la polis. El teatro reflexionaba a su modo y manera sobre la crisis que vivía la democracia ateniense a fines del V y criticaba la pretendida solución escapista de quienes propugnaban un retorno a la naturaleza inhumana, a lo carente de educación, domesticación y cultivo, a lo agraz y silvestre. Por los fragmentos que se nos han conservado de dicha comedia, Ferécrates dibuja a los salvajes con rasgos negativos: son gigantes que desean enterrar a los atenienses cabeza abajo (fr. 5), viven en extrema pobreza, pues se alimentan de hojas de plantas similares a coles y lechugas, de hierbas silvestres y de caracoles, llegando a comerse los propios dedos, como dicen que hacen los pulpos, cuando el hambre es extrema (fr. 13), y esos salvajes carecen de toda educación, incluso musical, ni siquiera tocan bien instrumentos de pastores (fr. 6).
Como ha explicado Marcel Detienne, en la Atenas de Pericles hubo cuatro formas de rechazar la polis, dos en dirección hacia arriba, el pitagorismo y el orfismo, que se orientaban hacia los sacrificios y los dioses, y dos en dirección hacia abajo, el dionisismo y el cinismo, que buscaban la naturaleza irrestricta y espontánea, la del salvajismo y el bestialismo, con manifestaciones como la desnudez, la ebriedad, la pederastia, el incesto, e incluso comer carne cruda y practicar la antropofagia17. Basándose en este esquema estructural R. Bartra ha indicado la duplicidad de significados que también conlleva el mito del salvaje en la Edad Media, como sucede, por ejemplo, en la figura de Merlín, mediante esos “dos grandes caminos críticos que traza Occidente para escapar de la coerción social y cultural: hacia arriba y hacia fuera, más allá de lo humano, hacia el mundo celestial o el reino de la muerte, hacia las fuerzas divinas o infernales. O bien hacia abajo y hacia adentro, más acá de lo humano, hacia el mundo natural y bestial, hacia el desierto y el salvajismo. Esta segunda vía, cínica y dionisíaca, se escapa del cristianismo y forma la base de sustentación del mito del homo sylvestris, de un ser que se emancipa de la culpa y del agobio del alma, para sumergirse como una fuerza vital desalmada en el enloquecido torbellino del cosmos animal y vegetal.” 18
Esta tendencia asilvestrada seguirá su curso de manera sorprendente. A partir del Renacimiento, a comienzos de la modernidad, los hombres salvajes adquieren nueva fuerza gracias a una extraña síntesis que acontece en la cultura europea: los sátiros y centauros de la Antigüedad grecorromana se unen con los seres humanos agrestes o silvestres de la Europa Medieval, a los que otorgan nueva sensibilidad, capaz de emocionarse tiernamente ante el amor y la muerte, como demuestran los cuadros de Piero di Cosimo, por citar un espléndido referente plástico.
Piero di Cosimo
Piero di Cosimo

Lucas Cranach
Lucas Cranach, La Edad de Plata
Juan de Mandeville, El libro de las maravillas del mundo
Cárcel de amor
Dentro del cristianismo hay una tendencia que también auspició la versión positiva del hombre salvaje, la ya antigua de la fuga mundi del monaquismo, la de los eremitas y santos de los cenobios del desierto, cultivada sobre todo en el Egipto del s. IV: recuérdense ejemplos como San Onofre, San Macario, San Pablo el ermitaño, San Antonio, Santa María Egipcíaca, o la versión penitente de Santa María Magdalena, de tanta incidencia en la Edad Media. Estos santos son capaces de comunicarse directamente con Dios, sin intermediarios, sin instituciones eclesiásticas, como reclamará en seguida el movimiento de reforma encabezado por Lutero. A ellos se suma la patrística latina monacal, con representantes como San Jerónimo, reproducido muy a menudo en el Renacimiento no sólo en su escritorio traduciendo la Bíblia sino en una cueva, con un león y una calavera, meditando, haciendo penitencia y escuchando la trompeta del Juicio Final. Según Michel de Certeau, la figura del salvaje emana del misticismo y, por contraste, prepara el camino para su opuesto, el homo economicus. El místico y el salvaje, con su vida sencilla y contemplativa, se oponen a los valores del mundo jurídico y político de la economía moderna, al valor del trabajo y el capital, fundamentos del orden que se impondrá en el XVII. Así pues, aquí hay un cambio importante: el nacimiento de la idea de que el lado natural o animal del ser humano tiene un carácter benévolo y virtuoso, una idea que será esencial en el pensamiento europeo de la Modernidad24.

Schongauer, Hombre

Nüremberg. Carnaval
El villano del Danubio, del Reloj de príncipes de fray Antonio de Guevara, un buen representante del humanismo renacentista cristiano, obra de 1529, es otro ejemplo sintomático de esta tendencia. Un bárbaro de los pueblos del Danubio se queja ante el Senado y el emperador Marco Aurelio de las desgracias que les ocasionan sin motivo las tropas romanas, eco bien obvio de lo que por entonces ocurría en la conquista de América. Este villano o plebeyo, de nombre Mileno, tiene todos los rasgos típicos del hombre salvaje –peludo, barbado, con un árbol en la mano y de figura repulsiva y bestial–, pero posee una gran finura racional y moral, con la que detecta las mentiras y contradicciones de los pretendidamente civilizados, que son soberbios, incontinentes, ladrones, impacientes, etcétera26.
En resumen: este mito antropológico, esencialmente laico, profano y popular, participa de una corriente que aprovecha relatos y creencias antiguos y medievales para ampliar la noción secular del mismo sobre la base natural del comportamiento humano, un movimiento que las ciencias de los siglos XVII y XVIII desarrollarán y afianzarán en sus estudios de los diferentes “reinos” del mundo de la naturaleza, en investigaciones acerca de la “historia natural” de las múltiples regiones del planeta, cada vez más explorado y visitado. Una de sus aportaciones consiste en haber tenido la capacidad de situar en terreno secular los problemas morales y políticos para que se pudieran ver y pensar sin tener que acudir a instancias sagradas de dogmática respuesta. Algunos misteriosos grabados de Durero de 1498-1505, como los llamados ‘Hércules’ y ‘La familia de sátiros’, son un buen muestrario para comprobar plásticamente esta mutación que tiene lugar en el Renacimiento: de ser el modelo de la representación del vicio, la fuerza bruta, la ebriedad y la lascivia, tan explotado por los artistas del sur de Europa, los sátiros se tornan en estos dibujos un ejemplo de padres de familia, amorosos y musicales, concepción tragicómica que ya se hallaba presente en dibujos y tapices de finales del XV en Centroeuropa, como dijimos.
Que es así como hay que interpretar esas “pieles” de “fiera” que visten al protagonista lo sugiere este pasaje de su monólogo: “Nace el bruto, y con la piel / que dibujan manchas bellas, / apenas signo es de estrellas, / gracias al docto pincel, / cuando, atrevido y crüel, / la humana necesidad / le enseña a tener crueldad, / monstruo de su laberinto” (vv. 133-140). La fiera salvaje, de bella piel como la del leopardo, cuyas manchas son reflejo de las constelaciones, es necesariamente atrevida y cruel, tan sanguinaria e insaciable como el monstruo del laberinto, como el Minotauro. Si recordamos que Rosaura se refería al paraje montañoso al que había sido lanzada como “confuso laberinto”, símbolo plástico de su propia desorientación, incluso podremos captar que el propio Segismundo se concibe como fiera singular, como el nuevo y artificial Minotauro34 que la “humana necesidad” de su padre le ha enseñado a ser, un monstruo doblemente cruel por carecer de libertad y hallarse encerrado en esa cueva-mazmorra, perdida entre las peñas del monte. La progresión con la que aquí se presenta peyorativamente lo salvaje es, pues, aleccionadora: un bruto desenfrenado que ha aprendido a ser cruel y atrevido y se ha convertido a la fuerza en un verdadero monstruo. ¿Llegará a alimentarse de sangre en su salvajismo, como un caníbal feroz y asesino?
Una confirmación de lo expuesto la proporcionan los siguientes versos del monólogo de Segismundo: “En llegando a esta pasión, / un volcán, un Etna hecho, / quisiera sacar del pecho / pedazos de corazón” (vv. 163-166). La fiera o el monstruo son, en el mundo animal, como el volcán en el ámbito de la orografía, un escalofriante fenómeno natural que arroja ríos de lava incandescente que todo lo abrasan, un estallido de fuego devastador que arranca las entrañas de la tierra y las pulveriza. La referencia concreta al Etna subraya la presencia de volcanes en Europa, en nuestro mismo Mediterráneo, y remite también a la isla en la que según los mitos griegos habitaban los cíclopes, la tierra en la que Eurípides sitúa a Polifemo, el prototipo de antropófago sibarita, desconocedor de las normas de la hospitalidad, el comercio y el amor, impío egoísta, violador y asesino36. La pasión que siente Segismundo y las palabras con las que la define son, por tanto, una premonición de su talante salvaje, exponente del tipo maligno y asilvestrado, aquel que sigue el modelo del cíclope perverso y caníbal, ejemplo de la caprichosa voluntad del más fuerte, a quien enfada la menor referencia a la justicia que aplica normas de vigencia intersubjetiva: “nada me parece justo, en siendo contra mi gusto”, como dirá después (vv. 1417-1418).
Téngase en cuenta que si la enumeración de los saberes que ha aprendido parece aminorar su asumida animalidad y subrayar su evidente humanidad, su racionalidad, por ejemplo, su dominio de la retórica, conviene advertir que él los admite por la peculiar inmersión en el mundo natural de la que goza, como si poseyera una especie de “anillo del rey Salomón” y ello lo capacitara para hablar con las bestias, las aves y los peces: lo que sabe lo tiene “de los brutos enseñado, / advertido de las aves” (vv. 216-217)38. Nunca ha recibido un rico proceso de socialización, conviviendo con otras personas. Hasta ahora ha sobrevivido solitario en ese monte desierto, reducido a observar astros y animales, bajo la exclusiva supervisión del alcaide y con lo que este funcionario le ha querido transmitir. Por ello es, en gran medida, un hijo de la naturaleza, un raro prototipo de la existencia animal, aunque con el grave inconveniente de los grilletes que le impiden deplazarse.
La Escena III aporta variaciones a este tema, por ejemplo, Clotaldo se refiere a Segismundo como “el prodigio / que entre estos peñascos yace” (vv. 301-302), insistiendo en la monstruosidad de su prisionero, y éste da pruebas de su fiereza, esto es, de su animalidad, de su salvajismo, amenazando al carcelero si agravia a sus visitantes con este peculiar suicidio: “tengo que despedazarme / con las manos, con los dientes, / entre aquestas peñas,” (vv. 314-315). Por suerte, las cadenas son el freno exterior, las riendas que detienen las “furias arrogantes” (v. 324) de esa fiera, capaz de alzarse contra los cielos, cual “gigante” (v. 332), amontonando, sobre cimientos de piedra, “montes de jaspe” (v. 336), como dice de sí mismo el prisionero, aludiendo a la fábula de los gigantes que se rebelaron contra los dioses y que por ello simbolizan, aclara Covarrubias, a “los hombres locos, soberbios, impíos y bestiales.”39 Al aspecto salvaje se han asociado, pues, rasgos anímicos y caracteriológicos de bestialidad, como la furia, la impaciencia, la arrogancia, el orgullo y la impiedad, si bien no han llegado a consumarse todavía en actos delictivos porque el estar encadenado restringue el ejercicio de la voluntad de Segismundo. Los grilletes se revisten, por tanto, de simbolismo, como mostración de un viejo tema moral: las pasiones aprisionan al ser humano y le esclavizan, dejándole sin verdadera libertad. La torre, como la caverna platónica, es lugar de sujeción a las sombras, a los sentidos, al mundo sensible de las cambiantes opiniones sin fundamento; es la tumba del cuerpo en la que se está encerrado; pero Segismundo está, además, sometido por sus pasiones, dominado por la cólera y la soberbia que desafía al cielo40.
Ante tales signos el docto Basilio acude a sus estudios y en todo advierte “que Segismundo sería / el hombre más atrevido, / el príncipe más crüel / y el monarca más impío” (vv. 710-713), por quien el reino se convertiría en campo de traiciones y vicios, “y él, de su furor llevado” (v. 717), pondría al viejo monarca a sus pies, arrebatándole la corona. Sintiéndose amenazado, el rey da crédito a lo que los hados pronostican y ante tales vaticinios “determiné de encerrar / la fiera que había nacido” (vv. 734-735) en “una torre / entre las peñas y riscos / desos montes” (vv. 740-742). Por ello hasta ese momento, en efecto, el príncipe “ha sido / cortesano de unos montes, / y de sus fieras vecino” (vv. 813-815). Con tales comparaciones se afianza una relación estructural que contrapone sistemática y reiteradamente el hombre salvaje al miembro de la corte real, la torre entre montañas al palacio en la ciudad, la vida entre fieras a la convivencia entre nobles y cortesanos, la reclusión encadenada a la vida en libertad civil. Más adelante, Astolfo lo dirá en fórmula afortunada, radicalizando la analogía: “que lo que hay de hombres a fieras / hay desde un monte a palacio” (vv. 1434-35). Puesto que el recién nacido ha demostrado que es una fiera, el lugar que le corresponde es la alta montaña en el campo, el territorio salvaje por excelencia, lejos de la ciudad y de su centro, el palacio del monarca.
Poco depués, en la Escena Octava, culminando este doble proceso de autoconocimiento y de degradación, se subraya la salvaje bestialidad de Segismundo por la violenta manera en la que quiere forzar a Rosaura y gozar de ella, deshonrándola. En la dramática respuesta que la mujer pronuncia se encuentra la mejor definición del salvajismo del príncipe, el resumen más completo de los rasgos que lo caracterizan, enunciado aquí por quien es víctima de libidinosa agresión, de “loco deseo”, de tiranía delictiva, de la fuerza bruta de un macho prepotente: “Mas ¿qué ha de hacer un hombre, / que de humano no tiene más que el nombre / atrevido, inhumano, / crüel, soberbio, bárbaro y tirano, / nacido entre las fieras?” (vv. 1654-1658). El comportamiento de Segismundo es, por partida doble, peor que el de un animal salvaje, él actúa como egoísta caprichoso, sanguinario y lascivo, asesino y violador. Si en tal contexto la voz de Clotaldo le advierte y le aconseja, esas palabras sólo consiguen provocar “ira” (v. 1671), “cólera” (v. 1687) y “rabia” (v. 1680) que le llevan a intentar un nuevo homicidio. Las posibles dudas u oscilaciones entre diferentes grados de humanidad para tratar de caracterizarle han cesado con ello definitivamente, sólo resta en su definición lo inhumano, el ámbito de la perversión, el territorio de los vicios, el bestialismo desenfrenado. El mito del salvaje se ha reproducido en una versión excepcionalmente innoble y malvada, en la que sólo está ausente un rasgo típico de su versión tradicional: el canibalismo. En ella el Barroco reflexiona con radicalidad sobre el ser humano, diseccionando de modo implacable la conducta del hijo del monarca, del príncipe heredero de la corona, un modelo de horrorosa inhumanidad cuando ejerce su irrestricta voluntad de poder en esa especie de sueño atroz o de pesadilla que viene a ser su despertar en palacio44.
Otra porción de la realidad aparece en la obra como particularmente salvaje, a saber, las drogas, la poción o bebida que Basilio manda confeccionar para su hijo, “mezclando / la virtud de algunas hierbas, / cuyo tirano poder / y cuya secreta fuerza / así al humano discurso / priva, roba y enajena, / que deja vivo cadáver / a un hombre, y cuya violencia, / adormecido, le quita / los sentidos y potencias...” (vv. 992-1001), como dice Clotaldo. Tales hierbas son “el opio, la adormidera / y el beleño” (vv. 1023-1024). Sus increíbles efectos, aparentemente mágicos, son ciertos, los ha demostrado repetidas veces la experiencia, de ellos se sirve la medicina aprovechando los “secretos naturales”, la “calidad determinada” que poseen animales, plantas y piedras (vv. 1005-1011). Tales secretos pueden producir “mil venenos” que “la humana malicia” examina para dar la muerte, pero si se templa su “violencia”, entonces no matan, “aduermen” (vv. 1012-1017). El poder del veneno, usado incluso como metáfora, es “cruel” (v. 1633), y está “de furia, de rigor y saña lleno” (v. 1635). Se manifiesta aquí, una vez más, la atenta mirada del Barroco sobre las fuerzas secretas de la naturaleza, en cuyo “salvajismo” detecta ambigüedades y polivalencias, pues lo mismo pueden servir de remedios medicinales que de armas letales, todo depende de la proporción o medida, del control que las temple. Y, por supuesto, de quien tome la decisión al respecto y de quien la ejecute, con lo cual estos versos también nos están sugiriendo que las órdenes de Basilio y la servil obediencia de Clotaldo tienen su “lado salvaje”, pues no dejan de ser un abuso de poder, un acto de violencia sobre el cuerpo y sobre la razón de Segismundo: ellos explotan para sus intereses las cualidades “salvajes” de los diferentes reinos de la naturaleza, el animal, el vegetal y el mineral.
Este enfrentamiento clarifica las dos perspectivas desde la que se contempla el salvajismo, aquella que lo considera un fruto espontáneo y dañino de la naturaleza humana, como una maldad congénita, y la que lo explica como un producto de una injusta situación social, de una arbitraria presión familiar y estatal que elimina la humanidad de sus hijos y súbditos al tratarlos como animales. Basilio quiere legitimar sus decisiones, en especial al ver el homicidio que su hijo acaba de cometer una vez se ha visto reconocido como prícipe, y Segismundo subraya la condena que ha sufrido sin haber hecho nada, excepto nacer, como legítimo móvil de su furiosa rebeldía. Para el primer enfoque “el más fuerte / a su natural responde” (vv. 1466-1467), con lo cual la naturaleza es el territorio en el que impera quien tiene mayor fuerza, el instinto más poderoso, la “voluntad de poder”. La fuerza deriva de la base natural, de la sangre, del carácter, de la herencia que se recibe. Mientras que para el segundo enfoque las acciones son reacciones, respuestas, resultados del trato recibido, del aprendizaje y la enseñanza que brinda la sociedad. Así lo ratifica Segismundo en la Escena XIV: “Mi padre, que está presente, / por excusarse a la saña / de mi condición, me hizo / un bruto, una fiera humana: / de suerte que, cuando yo / por mi nobleza gallarda, / por mi sangre generosa, / por mi condición bizarra, / hubiera nacido dócil / y humilde, sólo bastara / tal género de vivir, / tal linaje de crïanza, / a hacer fieras mis costumbres” (vv. 3172-3184). No sabremos nunca si el príncipe era de natural apacible, pues se vio forzado a ser atrevido y cruel. Incluso queda la duda sobre los motivos o causas de su violento comportamiento tanto al defenestrar al criado como al querer violar a Rosaura, pues quizá todavía estaba bajo los efectos de las drogas y sufría una drástica variación de sus circunstancias, tanto exteriores como interiores. Con todo, Segismundo ha de tomar decisiones y ha de actuar tal como él es, al final de toda la experiencia vivida, aclamado por el ejército rebelde y con la victoria que le ofrece el trono. A esa conjunción de herencia y aprendizaje que lo configura en su realidad él la denomina “la fortuna” (v. 3214), “su fortuna” (v. 3218), y admite que la puede vencer “con prudencia y con templanza” (v. 3219), con lo cual su presunto salvajismo, tanto el innato como el reactivo, es subyugable, dominable y superable, no es un rasgo fatal e inalterable de su condición.
La clarificación del salvajismo, camino que requiere el reconocimiento de la propia fiereza y el descubrimiento práctico, tras graves dudas sobre el conocimiento de la realidad, de “que aun en sueños / no se pierde el hacer bien” (vv. 2146-47), conduce a una actitud precavida, generosa y prudente, que asume la posibilidad de controlarse a sí mismo y de frenar las tendencias salvajes que lo constituyen: “Es verdad; pues reprimamos / esta fiera condición, / esta furia, esta ambición / por si alguna vez soñamos” (vv. 2148-2151).
El examen del hombre tiránico que realizan Sócrates y sus interlocutores en su larga conversación les lleva a describir el complejo mundo de los deseos en el ser humano, pues “probablemente se producen en todos nosotros” “placeres y deseos innecesarios”. Algunos hombres los extirpan por completo o los reducen y debilitan gracias a las leyes, a deseos mejores y al auxilio de la razón, pero en otros hombres tales deseos cobran más fuerza y se multiplican. ¿De qué deseos se trata? De aquellos “que se despiertan durante el sueño, cuando duerme la parte racional, dulce y dominante del alma, y la parte bestial y salvaje, llena de alimentos y de vino, rechaza el sueño, salta y trata de abrirse paso y satisfacer sus instintos. Sabes que en este caso el alma se atreve a todo, como si estuviera liberada y desembarazada de toda vergüenza y prudencia, y no titubea en intentar en su imaginación acostarse con su madre, así como con cualquier otro de los hombres, dioses o fieras, o cometer el crimen que sea, o en no abtenerse de ningún alimento; en una palabra, no carece en absoluto de locura ni de desvergüenza.” En resumen, para esta insobornable antropología de inaudito desenmascaramiento, “en todo individuo hay una especie terrible, salvaje y sacrílega de apetitos, inclusive en algunos de nosotros que pasan por mesurados: esto se torna manifiesto en los sueños.”48
Notas a pie de página
1. En Poética y profética, Méjico, 1981. Cit. en A. Regalado, Calderón. Los orígenes de la modernidad en la España del Siglo de Oro, II, Barcelona. Destino, 1995, pp. 383-384.
2 Cf. J. B. Llinares, Introducció històrica a l'Antropologia. I. Textos antropològics dels clàssics greco-romans. València, Servei de Publicacions de la Universitat de València, 1995; “La construcción del tipo del "salvaje" en Homero”, en Ludus Vitalis. Revista de filosofía de las ciencias de la vida. Vol IV, nº 6, México, 1996, pp. 101-125; “El mite del “salvatge” i el teatre: lectura antropològica d’El cíclop d’Eurípides” en J. V. Banyuls, F. De Martino, C. Morenilla i J. Redondo eds. El teatre clàssic al marc de la cultura grega i la seua pervivència dins la cultura occidental, Bari, Levante, 1998, pp. 147-176.
3 Barcelona, Destino, 1996, 348 pp., lo citaremos como SE.
4 Barcelona. Destino, 1997, 479 pp., que citaremos como SA. Estos libros se pueden complementar con algunos artículos del profesor Bartra que actualmente también están disponibles en internet, por ejemplo, los siguientes: “Salvajismo, civilización y modernidad: la etnografía frente al mito”, en Alteridades, 1993, 3 (5), pp. 35-50; “Salvajes barrocos en la ciencia política: una comparación entre Hobbes y Calderón de la Barca”, en Perfiles Latinoamericanos, 1993, diciembre, 3, pp. 145-164; “El mito del salvaje”, en Ciencias, 60-61, octubre 2000-marzo 2001, pp. 88-96. A ello conviene añadir su condensado texto en el excelente catálogo de la exposición El salvaje europeo, de la Fundació Bancaixa, que tuvo lugar en Valencia (junio-agosto de 2004), que contiene una hermosa antología de representaciones de este mito, desde la cerámica antigua hasta la fotografía y los comics de nuestros días, pasando por obras de varios maestros medievales y de grandes artistas como Durero, Ribera, Goya y Picasso.
5 Cf. R. Bartra, “Salvajismo, civilización y modernidad”, p. 42.
6 Cf. E. Rodríguez Cuadros, Calderón. Madrid, Síntesis, 2002, pp. 42-43.
7 SA, p. 15.
8 Cf. SA, pp. 16-17.
9 R. Bartra ha comentado los tipos de salvaje que ofrece la obra de Lope de Vega (El hijo de los leones, Ursón y Valentín, El ganso de oro, El premio de la hermosura), en la que también aparecen notables mujeres salvajes (como Rosaura en El animal de Hungría, o Leonarda en La serrana de la Vera), cf. SA, pp. 177-204. En Calderón esa figura ya está en comedias como Los tres mayores prodigios, El golfo de sirenas o El jardín de Falerina, cf. op. cit. pp. 172-173, nota 1, como documenta la tesis doctoral de O. Mazur, The Wild Man in the Spanish Renaissance and Golden Age Theatre., University of Pennsylvania, 1966. A. Regalado en su voluminoso estudio sobre Calderón interpreta las figuras de salvaje de obras como En la vida todo es verdad y todo mentira (Focas, cf. op. cit. vol. I, pp. 642-643), La fiera, el rayo y la piedra, La estatua de Prometeo, La torre de Babilonia, Darlo todo o no dar nada, El castillo de Lindabridis (Irífile, Prometeo, Nembrot, Diógenes y Fauno respectivamente, cf. ibid. pp. 723-729), Las cadenas del demonio (Irene, cf. ibid. pp. 847-848), La hija del aire (Semíramis, ibid. pp .651-654 y 868-914), Los tres afectos del amor, El monstruo de los jardines, Eco y Narciso, La manos blancas no ofenden (Ronsarda, Narciso, César, cf. op. cit., vol. II, pp. 290 y ss., así como en pp. 378-380, en las que vuelve sobre obras que ya hemos citado, como La estatua de Prometeo y La torre de Babilonia). Valga esta doble enumeración para que se tenga constancia de la amplitud e importancia del tema y de los estrechos límites de este trabajo.
10 Cf. su importante estudio El salvaje en la Comedia del Siglo de Oro. Historia de un tema de Lope a Calderón, que se encuentra en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes (www.cervantesvirtual.com) y que ofrece un panorama detallado y preciso de este personaje en muchas obras y autores.
11 Cf. SE, p. 10.
12 SA, p. 7 y p. 159.
13 Cf. SE, p. 17.
14 SA, p. 23.
15 R. Bartra, “Salvajismo, civilización y modernidad”, p.35.
16 Platón, Protágoras, 327 c-d, trad. de J. Velarde. Oviedo, El Basilisco, 1980, p. 139. Remitimos al documentado estudio del profesor A. Melero, publicado con hermosa coincidencia en este volumen, en el que se recogen, traducen y comentan con gran pericia los diferentes fragmentos que nos han llegado de esta comedia.
17 M. Detienne. Dionysos mis à mort. París, Gallimard, 1977 y R. Bartra, SE, pp. 21-22 y notas 1, 9 y 50, pp. 63, 64 y 67-68.
18 SE, p. 176.
19 SA, p. 13.
20 SA, pp. 20-21.
21 Cf. SA, p. 47.
22 M. Eliade, Mitos, sueños y misterios. Trad. de M. de Alburquerque. Madrid, Grupo Libro 88, 1991, pp. 19-37.
23 Cf. SA, p. 51.
24 Cf. SA, pp. 62 y 51-54, así como Michel de Certeau, La fable mystique, 1. XVIe-XVIIe siècle, París, Gallimard, 1982.
25 Cf. SA, pp. 56-66.
26 Cf. Antonio de Guevara, Relox de príncipes. Ed. de E. Blanco, ABI ed., CONFRES, 1994, pp. 698 y ss. en especial.
27 Como luego veremos, en unos versos en los que se resume el salvajismo del vulgo, Basilio dice: “¿Quién, Astolfo, podrá parar prudente / la furia de un caballo desbocado?” (vv. 2428-2429), que confirman la lectura que proponemos.
28 Como dice E. Rodríguez, “la obra arranca en un paisaje desolado dominado por una naturaleza salvaje.” Cf. op. cit. p. 91.
29 Desde que nació, le dirá Segismundo a Rosaura en la próxima escena, sólo advierte “este rústico desierto” (v. 199).
30 SA, p. 153, nota 7. Las investigaciones de A. Egido y M. Ruiz Lagos documentan que este “vestido de pieles” típico del salvaje es usado por diversos personajes de Calderón. Así aparece vestido en varios autos sacramentales el Hombre (La vida es sueño, El diablo mudo y El año santo en Roma). Igualmente ataviado aparece Adán en dos autos: La siembra del Señor y El día mayor de los días. El demonio también es un personaje vestido de pieles en cuatro autos: El verdadero dios Pan, El valle de la zarzuela, La semilla y la cizaña y A tu prójimo como a ti. El Fauno de la comedia El castillo de Lindabridis sale “vestido de pieles, con un bastón grande y nudoso”; la Culpa sale de igual forma, con garrote, en el auto El laberinto del mundo. Un Príncipe y el Deseo también van de pieles en los autos Los alimentos del hombre y A tu prójimo como a ti. Cf. M. Ruiz Lagos, “Estudio y catálogo del vestuario escénico en las personas dramáticas de Calderón”, en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, n. 7, 1971, pp. 181-214 y A. Egido, “El vestido de salvaje en los autos sacramentales de Calderón”, en Serta philologica, II, Cátedra, Madrid, 1983, pp. 171-186, como resume Bartra, cf. SA, nota 1, pp. 172-173.
31 Como explica A. Regalado, el Segismundo de La vida es sueño “acusa su consanguinidad retórica e iconológica con el Ateísmo de los autos o personajes como Nembrot o Semíramis, aparece cubierto con la misma tosca vestimenta de pieles, emblemático atuendo que forma parte de un código iconológico en el que Calderón infunde un explícito sentido metafísico. La iconología del Ateísmo en los autos, vestido de pieles, coincide con los calificativos asociados al ateo –bruto, animal, bestia–, retrato que Egerio en El purgatorio de San Tarsicio adopta diciendo de sí mismo: “porque quisiera / fiera así parecer, pues que soy fiera.” La configuración del emblema se nutre de la tradición bíblica que retrata a Adán vestido de pieles después de la expulsión del paraíso. En la patrística la vestimenta de pieles representa la participación del hombre en la vida biológica, la vida corporal desde la concepción hasta la muerte, en tanto la vida animal del hombre es extraña a su verdadera naturaleza, la de una criatura hecha a la imagen de Dios. A este emblema contribuye otra tradición, la del hombre selvático que se desarrolla en la Edad Media, figura asociada con un tipo de vida instintiva, alejada de la sociedad y sus normas, es decir, de la vida cristiana. Obras teatrales como Magnus ludus de homine selvatico y De ludus et virum dictum Wildmann del siglo XV en el ámbito germánico o esculturas como las que adornan la entrada del colegio de San Gregorio en Valladolid, corresponden a una tradición que se hace presente en La cárcel de amor de Diego de San Pedro y que persiste en el XVII, como el personaje de Cardenio en la primera parte de Don Quijote de la Mancha.” Op. cit. vol. I, pp. 116-117.
32 Cf. las indicaciones escenográficas del autor y los vv. 2021, 2033, 2035 y 2055.
33 Así lo reconoce Rosaura ante el príncipe en la Tercera Jornada: “...el cielo / quiere que la cárcel rompas / desa rústica prisión, / donde ha sido tu persona / al sentimiento una fiera, / al sufrimiento una roca,” (vv. 2879-2883).
34 La leyenda griega ofrece nuevas y muy sugerentes lecturas que no podemos desarrollar: por ejemplo, Rosaura como Ariadna, el hilo salvador como la luz de la razón, el aprendizaje que los sueños proporcionan como la capacidad de convertirse Segismundo en Teseo de sí mismo, gracias al bien obrar y la prudencia, etcétera.
35 Cf. el apartado elaborado por P. Pedraza en el citado catálogo El salvaje europeo de Bancaixa, con su hermoso apartado sobre el minotauro en la obra de Picasso.
36 Cf. nuestro artículo ya citado sobre El Cíclope, así como E. Rodríguez Cuadros, “Introducción” a su edición de Calderón de la Barca, La vida es sueño, Madrid, Espasa Calpe, 1987, p. 47, en donde habla de “la imagen del titán o gigante aplicada a Segismundo (“un volcán, un Etna hecho”, v. 164) que habita, como Polifemo, tras la “funesta boca” de una gruta.” Muy pronto veremos la explícita referencia a los gigantes en el texto (v. 332).
37 Según A. Regalado, “el protagonista se llama a sí mismo “un compuesto de hombre y fiera”, viva representación del animal racional y encarnación de un dualismo que oscila entre la bestia y el superhombre.” Op. cit., vol. I, p. 600. Esta sugerente relectura de Calderón desde Nietzsche (y Heidegger) obliga a un trabajo previo que no debe quedar implícito o supuesto, a saber, la interpretación de la antropología filosófica del pensador del Zaratustra, esbozada a nuestros ojos de manera demasiado rápida y discutible en la citada obra.
38 En la Segunda Jornada Clotaldo también se refiere a “la letras / humanas que le ha enseñado / la muda naturaleza / de los montes y los cielos, / en cuya divina escuela / la retórica aprendió / de las aves y las fieras” (vv. 1027- 1033).
39 Citado en la nota correspondiente a esos versos en la edición de La vida es sueño de Enrique Rull, Madrid, Taurus, 1992, p. 104.
40 Como indica Bartra, esta sugerencia se apoya en la versión medieval del mito del hombre salvaje, como ha mencionado Edward Dudley, en “The Wild Man goes Barroque”, en E. Dudley y M. N. Novak, eds., The Wild Man Within, Pittsburg, University of Pittsburg Press, 1972, y ha explicado Alan Deyermond en “Segismumndo the Wild Man”, en Golden Age Spanish Literature. Studies in Honour of John Varey, ed. de Charles Davis y Alan Deyermond, Westfield College, Londres, 1991.
41 Cf. la nota explicativa de estos versos en la edición de Enrique Rull, op. cit. p. 120.
42 Odisea, IX, vv. 172-176. Trad. de J. M. Pabón. Cf. otros momentos de la obra, como VI, vv. 119-121 y VII, vv. 575-576, en los que se formula esta misma dualidad.
43 Más adelante, Clotaldo plantea la alternativa entre ser “más apacible” y ser “cruel” (vv. 1677-1679).
44 De nuevo, un concepto central de la ontología de Nietzsche permite releer a Calderón como uno de los autores capitales de nuestra modernidad. Aunque volvemos a necesitar una exposición suficiente de esa filosofía, nos permitimos la cita de una importante página de A. Regalado sobre esta cuestión: “Calderón desarrolló matizadas variantes del hombre selvático dotando a esta figura de una polifacética complejidad que hospeda una dialéctica entre barbarie y cultura, desenfreno y orden, naturaleza y artificio, convirtiéndole así en el crítico de la civilizaciónh y del origen de la cultura que, in statu nascendi, es imposible sin el “salvaje” que la crea. El arquetipo del hombre selvático emblematiza la voluntad de poderío del tirano (Focas, Aureliano, Nembrot, Segismundo), personaje que niega ya implícita o explícitamente los límites impuestos por la ley divina, la ley natural y el contrato social que cimenta el orden de la sociedad civil. Este arquetipo configura a la vez una vertiente del hombre filosófico que descubre el asombro en el estado de naturaleza (Prometeo, Heraclio, Segismundo, Narciso, el Hombre de los autos sacramentales) o que regresa voluntariamente desde la civilización a la naturaleza (Diógenes en Darlo todo o no dar nada). El carácter dialéctico del hombre selvático se pone de manifiesto en las representaciones contrapuestas de esta figura –Heraclio y Leonido, Prometeo y Epimeteo–, parejas de hermanos que encarnan conflictivamente el carácter fratricida de la dialéctica, que también adopta una expresión mítica y alegórica en las figuras de los dioses y las diosas... del teatro mitológico de Calderón. El hombre selvático forma parte de esta dialéctica como agente de un impulso metafísico que se constituye como voluntad de poder y voluntad de saber, ya puesta al servicio de la recta razón y de la justicia o al de la voluntad de la voluntad, que no reconoce más límites a su querer que los que se impone a sí misma en vistas de sustentar ese mismo poder que sólo mantiene aumentándolo.” Op. cit., vol. I, p. 724.
45 Cf. J. Rivera de Rosales, Sueño y Realidad. La ontología poética de Calderón de la Barca, Hildesheim-Zürich-New York, Georg Olms Verlag, 1998, pp. 141-185.
46 Uno de los textos de referencia al respecto es el artículo de M. F. Sciacca “Verdad y sueño en La vida es sueño de Calderón de la Barca”, en M. Durán y R. González Echeverría eds., Calderón y la crítica: historia y antología, Madrid, Gredos, 1976. E. Rodríguez también lo ha indicado con toda claridad, cf. op. cit. así como sus imprescindibles artículos, recogidos en parte en la sección dedicada a Calderón en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que ella misma coordina.
47 R. Bartra, SE, p. 49. Platón, República, 573 c, trad. de Conrado Eggers Lan, Madrid, Planeta-deAgostini, 1995, pp. 376-377.
48 Platón, República, libro VIII, 544c y ss. y libro IX, 571b-572b, ed. cit., pp. 331- 337 y 373-375.
49 Cf. Hipólito, v. 532 y República, libro VIII, 565e-566a; 569b y 574e-575a, ed. cit. pp. 365-366; 371 y p. 379.
50 Según A. Regalado, Calderón, “que tuvo gran tino para representar la figura del tirano, entendió la tiranía como el punto extremo de la transgresión del límite y de la condición finita del hombre.” Op. cit., vol. I, p. 885.
51 Puede comenzar ahora la comparción de esta visión calderoniana del salvajismo con la que ofrecen otros grandes autores del Barroco, como Th. Hobbes, o B. Pascal, o con Gracián, tarea suficientemente apuntada por R. Bartra en SA.
Carl Warner. Delicate Food Monsters

Esa presencia natural del paisaje se ha pensado en la Historia como un lugar símbolo del jardín del Paraíso, una especie de Arcadia. Y en ella se han proyectado las horas de vivencia y convivencia en las que los seres humanos no eran nada más que pacíficos en su interior y en su exterior. Sin embargo, ¿cómo cabría pensar la figura del Paraíso hecho jardín a través del mito?
Algunos, siguiendo el ímpetu del Renacimiento, creyendo que el ser humano podía gobernar con su conocimiento, con las leyes, con la geometría, con la física, en suma, con la ciencia, el mundo, pensaron el paisaje desde la arquitectura. Una arquitectura racional, hija del canon, en la que, como las formas de la Città Ideale en el arte de la época, no es posible que la vida de la piedra albergue el más mínimo resquicio de la Historia de la sombra. Y en esta línea de lo gobernable, de la luz, siguió el ímpetu del paisaje planteado por el siglo XVIII francés. ¿Cómo veía Louis XIV, según los términos de Peter Burke, su reino? Ordenado, geométrico, porque en él, lejano a su mirada, se seguía el orden de planteamiento de un jardín como el de Versalles que traspasaba la lejana mirada sin que una rama fuera agitada por el viento.
Otros, siguiendo la línea de la sombra, pensaron el jardín como una forma de lo ilegislable. No existe más que el claroscuro entre unas ramas que ciegan en la salvaje naturaleza que crece en los paseos por el jardín inglés, seguido por el Romanticismo. Un Turner, un Caspar David Friedrich no plantean la forma feliz de una Arcadia si no es pasando por la dialéctica de la inevitabilidad de la tragedia humana.

Jean-François Gavoty et Guérric Péré. Jardin de Lyon à Montréal

Jean-François Gavoty, concibiéndolo junto a Guérric Péré, elaboraró en un proyecto de intercambio entre la ciudad de Lyon y la de Montréal el llamado "Jardin de Lyon" en la ciudad canadiense. Un lugar en el que la vegetación convive con los pequeños instantes del imaginario que llevan a soñar en el jardín un lugar paradisíaco, lleno de esos pequeños momentos, Delicate Monsters, que junto a la planta, símbolo de la vida, conviven en el paseo de cada ciudadano recordando cómo son las formas de la sombra.
Jean-François Gavoty, with Guérric Péré, made a garden, the "Garden of Lyon", placed in Montréal, for the project of an artististic interchange between the city of Lyon and Montréal. A place in which vegetation coexists with the small moments of the imaginary. It brings us to the dream of the paradyse garden, full of those small things, Delicate Monsters, that, together whith plants, symbols of life, coexist in the walk of each citizen that remembers how the forms of the shade are.
Posted by: Nieves Soriano Nieto
Ganimede trotterellante
g.- Si potrebbe chiamare l'eroe sconfitto...
a.- Sconfitto me gusta. Derrota para el héroe. Amén.
Cuando lo hice estaba pensando en una lucha entre Ganímedes y un Zéus no-águila, pero me quedé en el comienzo.
No concluí la historia. Lo que sí hice fue una animación flash que les obliga a luchar sin parar (porque no pueden parar de luchar). Observarás que al repetirse incesantemente parece que este Ganímedes es un jinete.También la titulé, en honor a Nijinski, Petit Chevall.
g.- Un ganimede troterellante!
Posted by: Gala Fernández
Tríptico "Ophelia, Metallica, autoretrato en Budapest" por Alex Gutwill

Ophelia (I)
Metallica (II)
Selfportrait in Budapest (III)
Marta Botas Illustration



